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martes, 13 de febrero de 2018

¿Dirigir o acompañar a los niños?

Hablo a menudo de la necesidad de acompañar al niño en su desarrollo pero ¿qué quiere decir esto exactamente?


 Acompañar o dirigir depende del adulto, de su actitud, su forma de relacionarse con el niño, pero sobre todo depende de cómo “vea” a los niños, de como entienda a la infancia; y es que, todos tenemos una visión de la infancia (implícita o explícita) y según como entendamos a los niños nos dirigiremos a ellos y nos comportaremos.

Hoy en día sabemos que el niño no es un recipiente vacío al que nosotros llevamos de llenar de conocimientos, sino que el niño aprende de forma activa, que se construye a sí mismo; también sabemos que cada niño es diferente y que tiene su ritmo, su tiempo, sus intereses, sus necesidades, su motivación y que sólo cada niño sabe lo que necesita. Por lo tanto, ofreciendo tiempo, oportunidades  y acompañamiento cada niño aprenderá por sí mismo a moverse sin que le enseñemos, a hablar, a comer, a controlar sus esfínteres…

Pero puede ocurrir lo contrario, que creamos que los niños por sí mismos no aprenderán nunca y que nosotros debemos de enseñarles, de esta forma estaremos continuamente diciéndoles todo lo que tienen que hacer “por su propio bien”.


Pero entonces ¿Qué es acompañar?

Con un ejemplo lo veremos más claro: Sí yo te acompaño a ir de tiendas lo que todos entendemos es que tú vas entrando a las tiendas interesándote por diferentes productos y que yo estaré contigo, pero que no decidiré lo que te tienes que comprar o a qué tienda tienes que entrar.

Entre dirigir o acompañar, entre la directividad y el acompañamiento, encontramos dos formas de entender al niño y por lo tanto, de tratarlo:

 -Sí el adulto se centra en el niño, o
- Sí el adulto se centra en sí mismo

Acompañar no es llevarte donde yo quiero centrándome en mis necesidades de adulto, en mis objetivos (yo quiero que duermas de un tirón y en tu habitación, quitarte el pañal en verano, que reconozcas los colores, que sepas leer, multiplicar…) sino a donde tú necesites, quieras y puedas.

Si hacemos el símil con una planta, dirigir sería llevar al niño a donde yo quiero, estirando de su tallo y sus hojas pero hay que tener cuidado porque si estiras mucho de ella, no crece más rápido ni se mueve del lugar, en todo caso la puede romper.

El otro día, en el parque, un abuelo jugaba con su nieta de menos de 2 años, este insistía en que andara por encima de un bordillo ancho, a cierta altura; la niña, cogida por debajo de los sobacos, encogía sus piernas, claramente no quería. El abuelo veía a la niña, pero no la estaba mirando, este insistía mientras la niña estaba suspendida en el aire hasta que finalmente estiró sus piernas y comenzó a andar por donde le decían ¿de quién era la necesidad de andar por ese bordillo?, ¿de la niña o del señor?, ¿qué señales emitía la niña expresando otra necesidad?...

Cuántas imágenes similares observamos a nuestro alrededor: niños llorando en los brazos de un señor desconocido vestido de Papá Noel para hacer una foto ¿de quién es la necesidad?, cuántos niños son dirigidos en sus juegos “pon esto aquí”, “así no va”, “así está mal”, “venga, sube al tobogán”… ¿Cuántas “operaciones pañal” se planifican? Y por no hablar de las programaciones de aula que determinan qué hará (o debería hacer) un determinado grupo a un año vista y que se confecciona muchas veces sin ni siquiera conocer al grupo.

Sí no tomamos consciencia de quién es la necesidad realmente, acabarán haciendo lo que les pedimos por estar con nosotros y por contentarnos pero no porque sea lo que realmente necesiten.

Tomar el camino de la directividad es sencillo porque no tengo que tener mi mirada en el niño, no tengo que tener una actitud de escucha a sus necesidades, sino que yo me planteo unos objetivos y ofrezco lo que yo quiero cuando a mí me apetece.  Como no nos centramos en el niño, su motivación es extrínseca (es la del adulto) y hay que recurrir a premios y a castigos para que el niño llegue al resultado que nosotros queremos.

Acompañar implica un cambio en la forma de ver al niño, como un ser capaz, confiar en sus capacidades.
Estar a la “escucha” de sus necesidades y saberlas diferenciar de las nuestras.
Mirarlos (que es diferente que ver, a mirar hay que aprender) y que se sientan mirados, reconocidos.
Acompañar es estar a su lado.



Dirigir es sencillo pero acompañar es un arte

Laura Estremera Bayod

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