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domingo, 3 de septiembre de 2017

Cómo aprende a moverse el bebé y por qué es importante respetarlo

No es nada nuevo decir que el desarrollo motor me apasiona, podéis leer bastantes artículos sobre movimiento del bebé sin interferencia adulta y la importancia de estar en el suelo que he ido publicado en diferentes páginas y también en mi libro Criando (de descarga gratuita aquí). Pero apenas he hablado de este tema aquí en mi blog, así que he decidido escribir una entrada que presente los puntos clave del movimiento libre en el bebé y por qué tiene tanta importancia en el presente y de cara al futuro.



El bebé nace dependiente e indefenso, necesita nuestra presencia y que satisfazcamos sus necesidades, no solo las de alimentación y limpieza, sino también las afectivas; cogerlo, mecerlo, tocarlo es sumamente importante en el niño pequeño contrariamente a los que hace tiempo se creía “¡No lo cojas, que se acostumbra!”, el bebé necesita los brazos, no es un capricho.

Pero el bebé también necesita momentos de suelo, esto quiere decir que desde pequeños, podemos habilitar un “entorno seguro para el bebé”, al principio una manta puede ser suficiente (una manta o alfombra lisa, no me refiero a esas que llevan arcos, juguetes colgando y muchos dibujos y colores en la tela), pero para que el bebé se sienta seguro en el suelo, nosotros debemos de estar con ellos, sentados, tumbados, que nos vean, que se sientan mirados. Nosotros somos su base segura, así que necesitan que estemos junto a ellos. La cama no es adecuada debido a que no es una superficie firme y estable y es un peligro cuando voltean. En cuanto comienzan a tener más movilidad, la manta deja de ser adecuada porque les dificulta el movimiento, se resbalan, se les enrolla… es el momento de buscar otras alternativas (suelo tipo puzle, suelo vinílico, alfombra…)

Cuando un bebé es colocado en el suelo (boca arriba) y se siente acompañado por un adulto, va descubriendo por sí mismo todas las posturas y movimientos. Como los descubre él mismo, ninguna postura le perjudica ni le parece desagradable. Cuando no se respetan los tiempos, ritmos, posturas del niño, cuando se les coloca en posturas que no llegan por sí mismos, los bebés suelen llorar en el suelo, suelen protestar y rechazarlo ¡y no es para menos! Están colocados en posturas a las que no han llegado desde su interés, su curiosidad o su necesidad, sino desde lo que se le ha ocurrido al adulto.
Y es que es precisamente la curiosidad y el interés del niño lo que le irá llevando a descubrir nuevas posturas y movimientos. El niño es activo, el niño va conquistando la autonomía a su ritmo y según sus necesidades.

Al principio, el bebé, cuando está colocado boca arriba tiene suficiente con llevarse las manos a la boca, esto ya es un signo de que su cuerpo, hasta entonces asimétrico empieza a colocarse en la línea media, sus manos empiezan a trabajar juntas y se lleva ambas a la boca ¿os imagináis que en esta etapa nos obsesionamos con quitarle las manos de la boca para que no enferme o no coja malos hábitos? Estaríamos interfiriendo en una etapa normal y necesaria. Después estas manos, empiezan a colocarse ante sus ojos y las observa, un lado de la mano, el otro... no sé si os habéis fijado en la atención y concentración que le ponen los bebés a esta actividad, la delicadeza con la que lo hacen… muy diferente a si agitamos sonajeros ante sus ojos, móviles…

Si nos fijamos, el bebé primero necesita conocerse a sí mismo, antes de centrarse fuera, antes de coger objetos, de observarlos, se observa y se conoce él.

En esta misma época comienza a mover las piernas a voluntad y es capaz de flexionarlas, las dos a la vez, formando un ángulo de 90 grados, esta postura facilitará que se toque las piernas, los pies y se los lleve a la boca. Como se va replegando sobre sí mismo, y sus puntos de apoyo sobre el suelo cada vez son más pequeños (apenas la cabeza y la espalda) llega un día en que “se cae” y comienza a ver el mundo girado de medio lado. Empieza a interesarse por los objetos y ya puede cogerlos y llevárselos a la boca, como se gira de lado puede captar un juguete con la mirada, estirar el brazo y llevárselo a la boca.

Pero un día sucede algo en su cerebro que permite que el niño voltee, que aprenda a ponerse boca abajo por sí mismo, de aquí la importancia de respetar el tiempo de cada niño y no colocarlo en posturas que no conoce, porque su movimiento nos va explicando lo que va pasando dentro de su cerebro, cómo este va madurando. El volteo se produce cuando el niño es capaz de cruzar “la línea media de su cuerpo”, cuando la mano es capaz de pasar por delante de su vista hasta el lado contrario para alcanzar un objeto que le motiva, cuando hay una necesidad de hacerlo. Si en cambio “enseño a voltear” al niño mediante ejercicios de estimulación, no permito que nazca esta necesidad, ni sé que su cerebro ha comenzado a conectarse interhemisféricamente (antes cada hemisferio trabajaba por separado), no le he dado la oportunidad de que esto ocurra.
Una vez boca abajo, el bebé comienza a desplazarse, primero suelen arrastrarse (hacen fuerza desde los brazos y empujan el resto del cuerpo) ,reptan en forma circular sobre su ombligo (como si hicieran el reloj) y más adelante suelen reptar, la diferencia entre arrastrarse y reptar vuelve a implicar un cambio a nivel cerebral. El reptado implica utilizar un patrón cruzado o contralateral, es decir, avanza el brazo junto a la pierna contraria, eso significa que hay conexión entre los dos hemisferios, el mismo patrón que se necesita para andar, para correr o para LEER.




Una vez agotada esta etapa de arrastre por el suelo, el cuerpo comienza a elevarse, primero se apoyaba en los codos cuando estaba boca abajo, luego sobre antebrazos, luego sobre palmas y al mismo tiempo el pecho también deja de estar apoyado en el suelo, después la tripa, después el pubis, hasta que el niño es capaz de colocarse sobre 4 puntos de apoyo y comienza a moverse hacia adelante y hacia atrás pero sin avanzar. Pasados unos días comienza a gatear o a sentarse (depende de si avanza hacia adelante o retrocede los brazos hacia atrás) pero siempre, fruto de su interés y necesidad, de hecho, esta capacidad de gateo está relacionada con la maduración de su vista, cuando el niño comienza a ver “de lejos”, surge esa necesidad de ir más allá, a lo que está al otro lado de la habitación. (Bajo mi punto de vista es muy importante el gateo, he escrito varios artículos al respecto, este relaciona el gateo con la lectura y la escritura y este otro con la importancia de no sentar al bebé hasta que no lo haga por sí mismo.)




Más adelante, el niño llega gateando hasta una superficie, se apoya con las manos, se arrodilla y ¡se pone de pie! Y comienza a andar apoyado ¡de lado! No hacia adelante, en cambio, cuando usamos un taca taca o le damos las manos para andar ¡les hacemos andar hacia adelante!. Un niño antes de comenzar a andar hacia adelante lo hace de lado, apoyando toda la planta del pie (no las puntas) y en cuadrupedia, es decir usando manos y pies de forma contralateral (como en el gateo). Un niño al que se le respetan sus tiempos pasa unos 3 meses haciendo marcha lateral antes de comenzar a andar hacia adelante y no es por casualidad, está trabajando su cadera, su equilibrio…




Es importante no utilizar zapatos hasta que el niño no ande por la calle ¿por qué? Lo primero porque no los necesita, los zapatos sirven para no clavarse cosas peligrosas que puede haber en el suelo de la calle y que lógicamente no hay en casa. Durante casi el primer año el pie recibe más información sensorial que las manos ¿qué pasa si los cubrimos? Que no recibe esa información que le sirve para aprender, tampoco puede tocarse y chuparse los pies boca arriba; cuando está boca abajo los dedos de los pies también son importantes en cuanto a apoyos y una vez se ponen de pie, los apoyos del peso del cuerpo deben de realizarse con el pie descalzo, el cual ya está preparado para ello (ni en todas las culturas utilizan los zapatos ni apenas han existido en la historia del ser humano) (Cuando los necesiten para andar por la calle deben de ser flexibles, cuanto más flexible la suela mejor, que dejen libre el tobillo y sin arco en la plantilla)



Para mí es muy importante ofrecer a un niño libertad de movimiento a nivel motor ya que no se les fuerzan sus músculos, huesos y articulaciones, porque el niño es el único que sabe cuándo está su cuerpo preparado para sentarse, ponerse de pie o andar; pero me parece mucho más importante la visión de un niño CAPAZ, que siente la necesidad de hacer algo, de moverse, de descubrir, de aprender, ese bebé autónomo, constructor de su aprendizaje, no es a base de estimulación, ejercicios, un parque, un andador… sino cuando el adulto ve al bebé como una persona competente.

Durante todo este trayecto, el adulto acompaña, está junto al bebé, no le coloca en posturas que no ha descubierto por sí mismo (no le sienta, no lo pone de pie…) el adulto confía en el bebé y sabe que irá constituyéndose a sí mismo, a su ritmo y utilizando lo descubierto en la etapa anterior para descubrir la siguiente. Progresivamente el bebé irá dejando de necesitar la presencia tan cercana del adulto de referencia e irá alejándose, conociendo nuevos espacios, pero esa autonomía se apoyará siempre en la base de esa seguridad que le han prestado sus figuras de referencia desde las primeras etapas.

Como el adulto nunca ha colocado al bebé en posturas que no ha llegado por sí mismo, lógicamente el bebé no sabe que existen y por lo tanto, no las puede pedir. Un niño en libertad de movimiento no pide que lo sienten, no pide las manos para andar, no pide ponerse de pie ¡porque no lo conoce! Si un bebé “pide” que lo sienten desesperadamente hasta que un adulto lo coloca en esa postura es porque algún día un adulto lo sentó (aquí quiero remarcar que ningún niño se sienta desde la postura de boca arriba haciendo un gran abdominal, esta vuelve a ser una interpretación adulta que lamentablemente suele acabar cogiendo al bebé de las manos y colocándolo sentado, formando así un gran círculo vicioso).

Suelo hacer referencia a las repercusiones futuras de respetar (o no) la libertad de movimiento porque a veces parece que lo único que nos hace reflexionar es ver estas repercusiones a largo plazo, pero lo que realmente nos debería de importar es que el bebé ya es alguien hoy y que el bebé es una persona capaz, con intereses, necesidades y no una marioneta que manejemos a nuestro antojo. Cuando ves a un niño jugar volteándose, alcanzando objetos, dejándolos, interesándose por otros, realizando diferentes posturas, controlando su cuerpo, ajustando su tono a cada situación, te das cuenta de lo rico que es respetar el movimiento del bebé.

Esto no quiere decir que un niño que se mueve libremente sea más listo, sea un super bebé o vaya a ser superdotado, no. Un niño con libertad de movimiento es un niño normal pero que tiene un control mayor sobre su cuerpo, ya que lo que hace lo ha conseguido por sí mismo, es un niño que sabe hacer y deshacer posturas (principio de reversibilidad), es un niño con una mayor autonomía y que no tiene sobrecargas o crispaciones en su cuerpo.

Es cierto que haber vivenciado a través del cuerpo el espacio es una ventaja, que los apoyos conseguidos en la etapa de boca abajo (los apoyos en codos, manos…) repercuten en la postura de escribir en la mesa, que atravesar las etapas de suelo nos da información de cómo va madurado el cerebro (y así podemos saber que ha ido atravesando las diferentes etapas), que el movimiento contralateral repercute en los aprendizajes como el cálculo, la lectura o la escritura, que la motricidad fina se apoya en la gruesa... Pero esto garantiza que no existirán dificultades de aprendizaje en el futuro, que será más habilidoso en los deportes… simplemente, que su escalera se habrá ido formando peldaño a peldaño, a su ritmo, apoyándose en el anterior antes de llegar al siguiente, que no habrá “vacíos” por haberse saltado etapas. Pero cada niño construirá SU escalera, no una ideal, sino la suya.

El bebé necesita tiempo, espacio y acompañamiento.

Laura Estremera

Maestra de Audición y Lenguaje, Técnico Superior en educación infantil, estudiante de psicología y formándome como psicomotricista

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